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Todas las personas hemos tenido en ocasiones la sensación de no tener suficiente tiempo, la de correr de allá para acá con prisas, la de sentirse mal y culpable cuando no llegamos a completar todas nuestras tareas y quehaceres. La ansiedad y angustia que este estrés genera depende de la frecuencia y la intensidad con las que experimentemos estas sensaciones. Puede que lleguemos a padecer estrés crónico, que la prisa esté presente en nuestra vida desde que nos levantamos, que tengamos prisa a la hora de desayunar, para llegar a tiempo al trabajo, prisa en nuestro medio de transporte, prisa para terminar de trabajar, prisa para llegar a una cita, prisa para que llegue pronto nuestra comida en un restaurante, prisa, prisa y más prisa. La cuestión es no vivir el momento presente, estar siempre en lo que viene a continuación, lo siguiente, el futuro inmediato.

¿Qué ocurriría si parásemos? ¿Si de repente nos negásemos a seguir corriendo?

Alguien podría contestar: “Pues que para empezar, me echarían del trabajo”. Dile esto a un/a camarero/a, y hablo con conocimiento de causa, a un abogado, enfermera, secretaria, agente de seguros… ¿Cómo es posible sacar adelante el trabajo con sosiego cuando aquel nos desborda y el tiempo apremia? Hablo también por los/as amos/as de casa, madres, padres, abuelos/as… Ya sea fuera o dentro de casa, el reloj siempre manda, a tal hora esto, a tal otra lo de más allá, prisioneros y esclavos del tic-tac.

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Bien, que conste que he sufrido estrés, y mucho, y por eso escribo este artículo. Sé lo que es la tensión de trabajar contra reloj, me he involucrado tanto en ocasiones, que he dado con mi cuerpo en la cama exhausto tras jornadas trepidantes. No hace mucho volví a tener un día de este tipo y me dije “¿Por qué? ¿Es esto realmente necesario? ¿Es posible otra actitud ante la prisa de los demás que nos arrastra? ¿Qué obtengo tras torturarme de este modo?”. He llegado a la conclusión de que es una locura vivir así un día tras otro, poner el reloj y las expectativas (a menudo desmedidas) por encima de las personas es un gran error, el ser humano no está hecho para vivir de esa manera.

He resumido mis conclusiones para no volver a perderme en el arrastre que supone el ritmo que impone la sociedad, el trabajo, la familia o el propio ego, cuando este es un ritmo loco, enfermo.

1. Impecabilidad en las acciones rutinarias

Cada acto que a cada momento llevamos a cabo ha de estar dotado de presencia, ha de ser consciente. Para qué así sea hemos de poner todo nuestro empeño en lo que hacemos cada día. Salir de la cama, lavarse los dientes, ducharse, preparar el desayuno.. Sucede algo increíble cuando no mecanizamos el día a día, cada gesto parece que se impregnase de vitalidad. Esto, llevado luego al trabajo, las relaciones y el ocio dota de significado a la vida en el momento presente, no en el futuro donde suelen estar nuestras quimeras mentales (cuando consiga tal, cuando esté en tal sitio, cuando termine no sé qué cosa).

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2. Aprender a estar períodos de tiempo sin hacer nada

Simplemente estar, ser, sentirse vivo/a mientras se permanece en quietud. Recomiendo al menos 5 minutos antes de salir y entrar en la cama, después de cada comida, contemplando un amanecer o puesta de sol, cosechar los momentos de silencio en las conversaciones. Al fin y al cabo estar con uno/a mismo/a en paz.

3. Disfrutar haciendo cosas que nos gustan

Es muy importante darnos el placer de hacer lo que nos guste. Sea un deporte, un hobby o afición… Pero también, disfrutar de la comida, de la compañía, de los paseos, de lo bello que vemos a cada paso.

4. Dejar de competir

Con un/a mismo/a y los demás. Impecabilidad en las acciones es el primer punto que hay que tener en cuenta para que nuestros actos estén impregnados de calidad, esto difiere mucho del esfuerzo, el sacrificio y el pasar por encima de uno mismo en un intento de complacer a otros o al propio ego, insaciable de resultados.

Cámara Ana Guerrero 606

5. Soltar el control de la propia vida

Me refiero a dejar de planearla y comenzar a vivirla sin saber muy bien lo que nos depara. Esto no quiere decir que dejemos de trabajar y nos convirtamos en unos hedonistas redomados. Quiere decir soltar la resistencia a la incertidumbre, compatibilizando acción con reposo, confiando en nuestra propia naturaleza.

Quisiera aquí añadir que a mi personalmente me nutren la práctica del Yoga, la Meditación y la Terapia Gestalt, recomiendo encarecidamente al menos probarlas, luego cada cual ha de seguir su propio camino, su intuición, que es la que lleva al bienestar. Y por supuesto, recordar el famoso dicho árabe “la prisa mata”.

Om.

Isabel Martínez.

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